El límite inexistente: manual de crianza en campo abierto
En algunos hogares la palabra límite suena tan antigua como un disco de vinilo: algo decorativo, que se tiene por postureo, pero que jamás se pone en práctica.
Allí, todo es libertad, todo es elección, todo es “mi hijo decide porque es importante que se exprese”.
Y claro, se expresa. ¡Vaya si se expresa!
A portazos, con malas caras, con un “tú no mandas de mí” que no tiene desperdicio cuando lo suelta a un adulto que está intentando que 25 criaturas no se lancen bolis o estuches a la cabeza.
El problema no es que los niños exploren su mundo, cuestionen o incluso se rebelen.
Eso es sano.
El problema aparece cuando nunca han oído un no sin que detrás venga un “bueno, vale, pero solo por esta vez”.
Cuando el límite en casa es un espejismo: se nombra, pero no existe.
Entonces, el aula se convierte en la primera vez en la vida que alguien les frena… y ¡sorpresa! la reacción no suele ser un sereno “gracias, necesitaba esa contención”.
No, lo que llega es la versión XXL de la rabieta.
Esa que incluye levantar la voz al profesor, despreciar a un compañero o soltar la frase estrella: “me da igual, no pienso hacerlo”.
Y claro, cuando a un niño acostumbrado al campo abierto le pones paredes, su instinto no es adaptarse: es embestir como una cabra tozuda.
Lo divertido —si se me permite la ironía— es escuchar luego a algunos padres:
- “Es que mi hijo es muy inquieto”.
- “Es que es muy sensible”.
- “Es que en casa no se comporta así”.
Claro, en casa tampoco tiene que seguir normas porque no existen. Allí vive en una especie de parque temático donde todo se le permite, siempre con la pulsera de “barra libre educativa”.
Pero en la escuela, oh sorpresa, las normas no son negociables: hay que respetar turnos, hacer tareas, convivir con otros sin aplastarlos.
La verdad es que no hablamos de niños sin límites: hablamos de adultos que han decidido abdicar de su papel como educadores, convencidos de que la autoridad contamina, de que decir “no” traumatiza, y de que frustrar es sinónimo de maltrato. (Consulten en las temporadas anteriores)
Y aquí estamos: con aulas llenas de pequeños emperadores que nunca aprendieron que la libertad necesita vallado, que el respeto no crece solo y que el “no” no mata, sino que educa.
Porque sí, un niño libre como el viento puede sonar muy poético.
Pero cuidado, cuando ese viento se convierte en tormenta dentro del aula, no es el niño el que sale perjudicado…
Son todos los demás los que sufren en esa tormenta.
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