Padres en negación: «mi hijo no pega, solo se defiende»
Hay un fenómeno digno de estudio:
- la capacidad de algunos padres para reescribir la realidad.
Cuando un niño insulta, empuja o humilla en clase, no estamos ante un problema de conducta: estamos ante una injusticia que el pobre angelito tuvo que soportar.
Él nunca agrede, él “responde”.
Nunca pega, “se defiende”.
El guion es tan repetido que podría grabarse y reproducirse en bucle en los despachos de dirección:
- “Eso lo habrá empezado otro”.
- “Seguro que el profesor le tiene manía”.
- “En casa no se comporta así, algo le estaréis haciendo”.
Es fascinante: los mismos padres que no dudan en llamar a la policía porque un vecino hace ruido después de las 23:00, justifican sin despeinarse que su hijo agreda a un compañero porque “algo le habrán dicho”.
La agresión escolar debería tener siempre cláusula de exención:
- si se siente provocado, carta blanca para soltar la mano o la lengua.
No, esto no debe ser así.
La consecuencia es clara: el niño aprende rápido que la culpa siempre es de otro.
Y si mamá y papá son sus abogados de oficio, ¿para qué esforzarse en cambiar?
Al fin y al cabo, cuando le pillan insultando, pegar es “defenderse”; cuando se ríe del profesor, es porque “estaba nervioso”; y cuando monta una bronca en el pasillo, es porque “no sabe expresarse de otra manera”.
El resultado: un alumno blindado contra cualquier intento de corrección.
Porque detrás tiene un ejército adulto que, en lugar de marcarle límites, le coloca una alfombra roja para que siga pisando fuerte… y pisando a otros.
Lo más curioso es que esos mismos padres suelen pronunciar frases lapidarias como:
- “Yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”. Genial, pero ¿y los demás? ¿También tienen derecho a la felicidad o se la lleva toda el tuyo a codazos?
- “Es que es muy sensible y reacciona mal”. Claro, sensible como un cactus en flor: pincha a todo el que se acerque.
Al final, el colegio se convierte en el campo de batalla de esta negación colectiva.
El profesorado desgastado intentando poner orden, los compañeros pagando las consecuencias, y los padres tan ocupados fabricando excusas que olvidan lo básico:
- enseñar a convivir.
Porque sí, el niño es un santo en casa. Nadie lo duda.
Pero en la escuela no valen estampitas: valen hechos.
Y si esos hechos son gritos, empujones o insultos, no hay santo que valga.
Lo que hay es un problema.
Uno que no se soluciona con excusas, sino con educación.
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