Temporada 8. La agresividad que también viene de casa. Episodio 3

El efecto contagio: del gallito al corral

Un aula es un ecosistema delicado.

Funciona más o menos en equilibrio: un poco de ruido, algo de distracción, algún que otro despiste…

Hasta que aparece el gallito.

Ese alumno que confunde la clase con un corral y decide cacarear más alto que nadie.

Al principio, es solo uno: el que contesta mal, el que se ríe a destiempo, el que convierte cada indicación en desafío.

Pero lo verdaderamente grave no es él.

Lo grave es lo que pasa después.

El efecto contagio.

El aula empieza a girar alrededor de su actitud. Y como cualquier epidemia, se expande.

Porque en educación ocurre algo curioso: el buen comportamiento rara vez se contagia con la misma velocidad que la insolencia. Una sonrisa tímida no arrastra, pero una burla en voz alta sí.

La disciplina cuesta imitarla, la rebeldía parece hasta divertida.

Y ahí es cuando el profesor descubre que ya no está gestionando a un alumno conflictivo, sino a un grupo entero que oscila entre la imitación y la complicidad silenciosa.

Porque si te ríes del “valiente” que reta al profe, eres parte del coro de bufones.

Y si callas, aunque te incomode, también ayudas a que el espectáculo continúe.

El clima de aula empieza a cambiar. Ya no es el lugar de aprender, sino el escenario de un reality cutre donde el protagonista es el bufón que más ruido hace.

La dinámica se corrompe: los buenos alumnos bajan la cabeza para no ser el blanco, los que dudaban se suman al juego para no quedarse fuera, y el gallito se convierte en líder…

Aunque lo único que lidere sea un teatrillo de bufones.

¿Y qué dicen los padres de este fenómeno?

  • “Bueno, son cosas de niños”.
  • “Si mi hijo hace chistes en clase, es porque tiene sentido del humor”.
  • “Es que es muy sociable, no le gusta estar callado”.

Claro, sociabilidad nivel torbellino destructor. No hablamos de simpatía, hablamos de que el chaval se ha especializado en dinamitar cualquier intento de enseñar algo.

Pero tranquilos: ¡Eso es que el niño tiene carisma!

Lo irónico es que el aula, cuando cae en esta espiral, se parece a un corral de gallinas.

Todas alborotadas, todas pendientes del cacareo más fuerte, todas siguiendo la dinámica del ruido.

Y el profesor, convertido en un granjero que intenta poner orden entre plumas y picotazos.

Una manzana podrida, estropea el cesto.

Aunque algunos prefieran la versión ingenua: “No pasa nada, son etapas”.

Claro que pasa.

La convivencia se pudre.

Y cuando huele a sidra rancia en el aula, no hay ambientador que lo arregle.

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