El arte de frustarse a gritos
Hay una asignatura que muchos niños llegan a la escuela sin haber cursado jamás:
“Tolerancia a la frustración I”
Y claro, cuando se topan con ella en Primaria, se matriculan de golpe… y a gritos.
En casa, el menú educativo suele haber sido claro:
- si el niño se enfada, se le da lo que pide,
- si protesta, se negocia
- si monta el número, se cede.
Resultado: el pequeño aprende rápido que cada berrido es una varita mágica para que el mundo se doblegue.
Se convierte en un genio de la manipulación emocional en miniatura.
El problema es que en el aula esa varita no funciona.
La maestra no cambia el examen porque alguien diga “¡no quiero!”, ni detiene la fila porque un alumno decida que caminar es opcional.
Y ahí aparece el espectáculo: rabietas en versión escolar, sillas que crujen, miradas de odio que fulminarían a Thanos y, sobre todo, el mantra de oro:
“Es injusto”.
Traducción: es injusto que no siempre salga como yo quiero.
Se comprendería como: jamás aprendí que equivocarse, perder o esperar también educa.
Y ojo, no estamos hablando de grandes traumas. Estamos hablando de detalles tan banales como no ser el primero en la fila, no salir de delegado, o tener que repetir un ejercicio porque estaba mal hecho. Lo que para otros niños es parte normal de la vida, para algunos se convierte en una tragedia griega con todos los coros llorando al fondo.
El guion de muchos padres ante esto ya lo conocemos:
- “Mi hijo es muy perfeccionista, por eso no soporta equivocarse”.
- “Es que es muy sensible, lo pasa mal cuando pierde”.
- “Yo tampoco quiero que sufra”.
Claro, nadie quiere que su hijo sufra. Pero la paradoja es deliciosa: evitando cualquier incomodidad en casa, lo mandan al colegio con un arsenal de sufrimiento garantizado.
En la vida real, no todo sale bien, no todo se gana, no todo se consigue al instante. Y cuanto antes se entienda, menos se gritará.
La frustración no es enemiga: es la entrenadora personal de la paciencia, de la constancia y de la resiliencia. Sin ella, los niños llegan a la escuela como cristal fino: brillan un poco, pero al primer golpe se hacen añicos.
Así que sí: la frase olímpica de toda la vida era “Lo importante es participar”.
Pero parece que en algunas casas la han reescrito: “Lo importante es ganar siempre”.
Y mientras tanto, en el aula, los profesores hacen de árbitros de un partido amañado en origen.
Uno en el que enseñar a perder, cuesta más que enseñar a sumar.
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