Temporada 8. La agresividad que también viene de casa. Epílogo

El eco de la agresividad

La escuela no inventa la agresividad: solo la recibe, la amplifica y, con suerte, intenta contenerla.

Lo leído en estos episodios no son anécdotas aisladas, son un patrón: límites ausentes, frustración mal digerida, contagio de la insolencia, padres en negación y aulas convertidas en trincheras.

La moraleja es clara: los niños no nacen agresivos, se entrenan en ella.

Y su gimnasio preferido, tristemente, suele estar en casa.

Allí donde decir “no” se convierte en sacrilegio, donde las normas se negocian como si fueran cláusulas de un contrato y donde cada berrinche se premia con una medalla al mérito infantil.

El colegio, en cambio, no es un circo donde aplaudir al que más tonterías hace, ni un ring donde medir quién tiene el puño verbal más rápido.

Es, o debería ser, el espacio donde aprender a convivir, a respetar y a crecer sin pisar al de al lado.

Pero eso no ocurrirá nunca si seguimos enviando alumnos armados con la agresividad como si fuera material escolar obligatorio.

Así que, padres, madres, adultos en general: asumid vuestra parte.

La agresividad no se corrige con circulares, castigos o protocolos.

Se corrige desde la cuna, desde el salón de casa, desde esa primera vez en la que un niño descubre que no siempre se puede, no siempre se gana y no siempre se tiene razón.

Si queremos aulas donde se aprenda, tenemos que dejar de fabricar trincheras en los hogares. Porque cuando la lección básica de respeto no se enseña en casa, la escuela no es quien paga el precio.

Y lo pagan todos los niños que sí fueron educados.

La pregunta final no es retórica, es urgente:

¿De verdad queremos seguir llamando “educación” a criar pequeños francotiradores emocionales?

Si la respuesta es no, el campo de batalla no está en la escuela.

Está en el pasillo de casa.

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